lunes, 17 de abril de 2017

Podcast del relato "Londres".

Audiorrelato escrito, narrado y editado por Vicente Ortiz.

Pido disculpas por la calidad del audio y la falta de interpretación en la narración de este audio, ya que es la primera vez que el autor hace tal cosa y ha sido todo rápido y con pocos recursos técnicos.



Si no puedes reproducirlo, inténtalo directamente en IVOOX

viernes, 24 de febrero de 2017

Hellville

1. El investigador.
El antiguo oficial de Scotland Yard dejó atrás el edificio de las nuevas dependencias policiales en silencio y negando con la cabeza. Tenía un solo día para contestar y no ayudaban las formas en las que se había solicitado su colaboración. Como necesitaba estar a solas y meditar la respuesta que debía darle a Daniel, bajó caminando despacio por Victoria Embankment. Al llegar al Támesis, encendió un cigarrillo mirando a los trabajadores que remataban las obras del nuevo alcantarillado.  
Charles Moore era un hombre serio y educado que alcanzaba la cincuentena, pero por su físico no aparentaba más de cuarenta años. Alto y a pesar de su amplia espalda, lucía una figura delgada, casi escuálida. Con el pelo largo, totalmente rasurado y con las patillas más cortas de lo que dictaba la moda, nadie diría que había pasado más de media vida trabajando en la policía de Londres.
Le irritaba sobremanera que sus antiguos colegas recurrieran a él ahora que trabajaba por su cuenta. Pero lo que más le había indignado de aquella cómica reunión, fue que Lord Howard, un viejo ricachón, y Albert, su inseparable hombre para todo, quisieran participar en el caso. Dónde habían quedado la metodología y la discreción con la que tan buenos resultados en el pasado habían hecho del cuerpo un ejemplo envidiado por todas las policías de Europa. Estaba cansado de que lo citaran para asesorar o dar un punto de vista diferente al de sus investigadores y a pesar de que pagaban bien, casi siempre se negaba o buscaba alguna excusa aludiendo que tenía mucho trabajo. Para su desgracia, esta vez, el oficial de mayor rango con el que habló, era un viejo conocido de nombre Daniel, con el que había compartido demasiados años de experiencias. Se conocían bien y le costaba negarse cuando éste era quién le pedía ayuda. Por su expresión, gestos o Dios sabe qué, el veterano oficial sabía perfectamente si a Charles le interesaba un caso y entonces lo presionaba hasta convencerlo.

En reiteradas ocasiones le había dejado clara su opinión sobre el caso de William, el médico desaparecido, pero la influencia de altas esferas estaba poniendo contra las cuerdas al cuerpo y de ahí su insistencia para que les ayudase. Demasiada gente adinerada se había preocupado por la desaparición del galés, uno de los personajes más ilustres desde que se trasladó a Winchester. El caso era interesante y muy bien remunerado, pero que dos civiles con ganas de aventura formaran parte de la investigación, no ayudaba en absoluto y por eso había hablado con contundencia ante las miradas inquisitorias del viejo Lord Howard y Albert, su ayudante. Finalmente aceptó el caso, aunque lo haría a su manera y compartiendo solamente lo estrictamente necesario. Si llegaba el caso, daría pistas falsas para que los dos patanes no entorpecieran sus pesquisas. A él le gustaba trabajar en solitario.

viernes, 17 de febrero de 2017

El duende malo y el mago bueno.

Érase una vez, en un país muy muy cercano en el que quince niños entraban al cole como cada mañana. Habría sido un día normal y corriente si no fuera porque en pleno recreo, Adolfo, un extraño hombrecillo vestido de llamativo y alegre colorido, al que solamente los niños podían ver, les dijo que en la hora del recreo del día siguiente lo acompañaran para tener una gran aventura, eso sí, deberían guardar el secreto porque los mayores no entendían nada de nada. A pesar de que aquel personaje no tenía muy buenas pintas, por alguna razón, quizá mágica, los niños no dudaron en urdir un plan.
Cuando Merycar, la maestra, no miraba, iban diciéndose cosas al oído y discutiendo cómo lo harían.
Bruno, Nico, Nahiara y Carmen pronto se pusieron de acuerdo con Jorge, Asiel, María y Manuela. Yoel, Silvia y Lucía al principio no terminaban de verlo claro, pero cuando Diana Marcela, Naila, Gabriela y Carla se apuntaron, no dudaron en unirse al grupo.

lunes, 25 de enero de 2016

Podcast del relato "La mansión Farrell".

Relato escrito por Vicente Ortiz.
Emitido en el programa de radio "La rosa de los vientos" de onda cero el sábado 23-01-16
Narrado por Fernando Megía con la colaboración de Agustín García y la realización de Pepe Menchero.



Si no puedes reproducirlo, inténtalo directamente en IVOOX

sábado, 28 de noviembre de 2015

Somos diferentes.

No puedo quejarme, no. He tenido una vida tranquila y feliz.
La gente siempre me ha sonreído, caigo bien, eso lo sé. Ahora estoy mayor y las cosas han cambiado. De hecho, es ahora cuando empiezo a hacerme preguntas que antes jamás se me habrían pasado por la cabeza. Antes sólo pensaba en superarme, en hacer las cosas bien, en dar amor y enseñar lo que sé. Puede que sea porque las caras que antes me sonreían, ahora están más serias simplemente porque me queda poco. No quiero dar pena a los que tanto me han dado; solamente quiero que me recuerden como era antes.
Mi familia está a mi lado y los que vienen de visita me dan el calor que necesito. Por primera vez deseo salir de este mundo, y, aunque me aleje de mi familia, quisiera salir con los otros, con esos que no han dejado de visitarme durante toda mi vida. Me gustaría tener mi última gran experiencia, pero no sé si aguantaría con ellos ahí fuera. Somos diferentes.


Una niña a la que jamás había visto se acerca. Está muy triste, pero es preciosa. La miro fijamente a los ojos y aunque no entiendo lo que dice, me transmite tranquilidad. La señora mayor que la acompaña se seca sus lágrimas. Empiezo a ver borroso. Siento que me duermo, puede que lo haya hecho un instante, pero vuelvo a abrir los ojos. La niña también comienza a llorar. Vuelvo a sumirme en un sueño, esta vez es más profundo. Siento paz, la paz que nunca pensé que lograría en un momento así. Siempre me atormentó pensar en el último suspiro, pero ahora me siento bien.
¿Qué le pasa? pregunta la niña.
Ha llegado su hora, cariño.
―¡No quiero que se muera el delfín! grita sollozando.

Vicente Ortiz Guardado.
28-11-15

viernes, 30 de octubre de 2015

La madre loba.

La camada de tímidos lobeznos salió a descubrir el mundo que les rodeaba. Ajenos a lo que les había tocado vivir a sus progenitores, no tardaron en entregarse al juego sobre la manta de hojas que cubría el húmedo suelo otoñal.

Cuatro largos años habían tardado, batida tras batida, en acabar con aquellos miserables animales. Santiago, el famoso cazador que había llegado de las montañas del norte contratado como una auténtica estrella en la extinción de lobos, estaba satisfecho. Ganaría un buen pellizco y además, había ayudado a la comunidad exterminando al último lobo sobre la tierra. Se le había resistido, pero después de varios días de acoso pudo abatirlo de un disparo certero. Ahí comenzó su calvario.
El respetable, a la par que alocado Gabriel, un viejo del lugar totalmente en contra de la matanza y al que todos conocían como El chamán del bosque, le advirtió cuando portaba el sangrante trofeo en el remolque de su camioneta: "acabas de vender tu alma a Satanás. Ya nada será igual, jamás descansarás y la madre loba te atormentará cada día de tu triste vida".
Santiago, lo miró con desdén, pero sus profundas ideas religiosas le hicieron sentir un pinchazo al escuchar al melenudo y arrugado personaje. Por suerte para él, no tardó en olvidar al viejo, ya que uno de los cazadores locales se le acercó entre risas para hacerle entender con un gesto, que el pobre anciano estaba loco.
Esa misma noche comenzaron las pesadillas en las que una enorme loba parda, alentada por Gabriel, le perseguía hasta devorarlo. Noche tras noche, en cuanto cerraba los ojos, las enormes fauces de la madre loba desgarraban sus entrañas. El insomnio lo llevó a la depresión y ésta sumada al consumo de alcohol, a ir perdiendo la cordura. Algunas veces creía ver los brillantes ojos de la loba centelleando en la oscuridad de su casa. Semanas después de acabar con el último lobo, apenas quedaba nada del fortachón leñador del norte que había llegado con aires de grandeza portando un fusil al hombro. Una noche tuvo un sueño revelador y aunque su estado era lamentable, no dudó en coger la camioneta y volver al sitio en el que todo empezó. 
No se extrañó al ver que Gabriel lo estaba esperando en la puerta de su cabaña. Los dos hombres no dijeron palabra alguna durante el trayecto que les condujo a través del frondoso bosque hasta el comienzo de una pequeña montaña granítica salpicada de oquedades y pequeños arbustos. Llegaron cuando la sombra ganaba la batalla a los últimos reflejos del sol. El viejo encendió una hoguera y ante la atenta mirada de Santiago, que por instantes parecía recobrar la razón, sacó algo de comida. Se sentaron al abrigo del fuego y comieron.
¿Qué tengo que hacer? se decidió a preguntar el leñador con voz temblorosa.
Ya no puedes arreglar lo que hiciste, pero puedes reconciliarte con ella dejándola que cumpla su misión. Debes ayudarla, solo así podrás descansar contestó el viejo chamán mirándole con dureza.

Unos minutos después apareció una enorme loba parda. Excepto por su delgadez, era idéntica a la de las pesadillas. En su panza se adivinaba que estaba preñada y aunque seguramente llevaba mucho tiempo sin comer, el imponente y majestuoso porte de su presencia aterrorizó a Santiago, que retrocedió unos pasos. El animal se acercó al asesino de su compañero con el hocico arrugado y mostrando sus desafiantes colmillos. Lo olfateó dando una vuelta a su alrededor y después se alejó muy lentamente. Santiago miró a Gabriel y fue cuando comprendió cuál era el sacrificio que debía hacer para alcanzar la paz, era parte de la misión de la loba. El viejo asintió tímidamente. Su rostro ya no expresaba tanta dureza, de hecho, mostraba una cálida sonrisa.

La loba empezó la ascensión por la rocosa montaña. Cuando había subido la mitad, echó un vistazo atrás, el leñador la seguía decidido. Pronto estarían en su guarida y todo acabaría.

Vicente Ortiz Guardado
30-10-15

jueves, 21 de mayo de 2015

La mansión Farrell.

La mansión de los Farrell seguía tal como la recordaba de pequeño; quizá un poco más grande, pero todo permanecía igual, era increíble, hasta el olor persistía impregnándolo todo con aquel perfume que creía olvidado. Los viejos, pero lujosos y bien conservados muebles seguían en su sitio, los colores de las paredes, los cuadros, la enorme biblioteca familiar, las habitaciones… Era como viajar en el tiempo y volver a revivir aquellas pesadillas de juventud.
La casualidad había hecho que tuviera que volver después de tantos años, pero ya no era el niño que entraba acompañando a Thomas Farrell, mi mejor amigo, para hacer los deberes del colegio. Él siempre se reía de mí, pero como sabía que me daba un poco de miedo su familia, entrábamos directamente a su habitación para hacer los trabajos. Luego le obligaba a acompañarme hasta la puerta para no encontrarme a solas con sus padres. Me daban auténtico pavor aquellas miradas perdidas o verlos deambular a oscuras por los tétricos pasillos mientras tarareaban viejas canciones.
Ahora era cuestión de trabajo y en cuanto tomara unas fotos para la tasación, saldría de aquellos horribles muros para no volver jamás. Encendí todas las luces y empecé con mi cometido como si de cualquier otra vivienda se tratara. No puede evitar sentir un escalofrío cuando entré en el cuarto donde todo ocurrió. Según hacía las fotos, algo despertó en mi interior una curiosidad casi morbosa, como si una voz me animara a hacerlo. No dudé a la hora de escudriñar cada rincón del enorme armario macizo de madera y abrir uno a uno cada cajón de la cómoda y la mesilla. Nada me llamó especialmente la atención, realmente solo había ropa y juguetes. Me habría hecho ilusión encontrar algún cuaderno o libro con apuntes de su puño y letra. Decepcionado, me senté en el borde de la cama en la que tantas veces había saltado jugado con Thomas a intentar tocar la llamativa viga de madera que atravesaba el techo de la habitación. Fue entonces cuando la coraza que había creado durante años se destrozó. En unos segundos afloraron viejos recuerdos que creía enterrados y alcé la vista para plantarla en esa viga, la misma que había servido para realizar aquella estúpida ceremonia diabólica en la que mi amigo había perdido la vida a manos de sus propios padres.  


Tres golpes secos que llegaban de la planta baja, me sacaron de mis cavilaciones y de un respingo me levanté de la cama. Seguramente alguien del banco o el propio dueño, ese excéntrico que seguía manteniendo aquel viejo caserón tal como era en los sesenta, había llegado. Al salir de la habitación y adentrarme en el espacioso pasillo que llevaba a la escalera, volví a sentir un escalofrío y otro maldito recuerdo apareció tan fresco como si lo estuviera viendo; una entrevista televisada en la que los padres de Thomas, pocos días antes de ser ejecutados en la silla eléctrica, afirmaban que unas voces les habían dicho que lo hicieran. Malditos locos susurré mientras bajaba.
Hola, Andy dijo el hombre tras abrir la puerta.
Hacía años que nadie me llamaba así, de hecho, solamente Thomas y Many, el hijo de la cocinera, solían hacerlo.
Buenas tardes contesté intrigado, ya he terminado el trabajo y me iba ahora mismo. En cuanto esté todo listo le llamarán de la oficina.
―¿Es que no te acuerdas de mí? preguntó sonriente mientras me ofrecía su mano. La verdad es que han pasado muchos años, Andrew, pero en cuanto te he visto, te he reconocido.
No supe qué contestar en ese momento, pensé en Many, pero sus rasgos latinos no encajaban con los del hombre que me examinaba. Miré fijamente a sus ojos y fue como si me susurraran:
Las voces insistieron y no pude hacer otra cosa para librarme de ellas. Mis padres tuvieron que mentir y cargaron con ello, ¿ves como no eran tan malos?

Escúchalo en IVOOX
Vicente Ortiz Guardado
Mayo 2015



lunes, 9 de marzo de 2015

Comentarios del relato "La carretera".

En el programa de radio, Elena en el País de los horrores, Margari Torrealba comenta en su sección, "el club de los marineros muertos", el relato escrito por Vicente Ortiz, "la carretera".
Emitido el jueves 05-13-15



Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX

jueves, 5 de marzo de 2015

Cuaderno de bitácora.

23-05-1929 en algún lugar del Antártico.
Día ochenta y siete. Unas horas antes del amanecer.
Todo sigue en calma, el barco no se mueve, nada funciona y excepto por un suceso que detallaré, podría volver a escribir lo mismo que llevo escribiendo en mi cuaderno de bitácora desde hace varias semanas.
Si bien es cierto que lo sospechaba, ayer, justo antes del anochecer, pude ver con mis propios ojos tierra firme no muy lejos de donde mi barco sigue varado. La espesa niebla que me acompaña desde que desapareció toda la tripulación, se esfumó de forma extraña durante unos minutos. Salí a cubierta y frente a mí se abrió un pasillo que dejaba ver el hielo que me rodea. Al fondo, pude divisar claramente algo similar a una formación rocosa cubierta de hielo, puede que se trate de una isla. Minutos después la niebla volvió a cubrirlo todo.
He pasado casi toda la noche pensando qué hacer, pero desde que me encuentro sola, el miedo a lo desconocido me tiene paralizada. Aún me queda comida para un par de semanas, pero tengo que hacer algo antes de volverme loca. Estaré atenta, y si el fenómeno se repite, haré una rápida exploración.
Doctora Fhatim John.
Volvió a la cama, apagó la vela y pudo quedarse dormida.

En cuanto la niebla empezó a desaparecer por segundo día consecutivo, Fhatim amarró la fina, pero pesada cuerda y bajó del barco por primera vez desde que habían partido de la Patagonia casi tres meses atrás. La belleza y a la vez la miseria de aquel lugar, la impresionó aún más desde abajo. Después de diez minutos caminando se quedó sin cuerda, pero como la isla ya estaba muy cerca, decidió tenderla sobre el suelo haciendo una especie de círculo que le sería más fácil localizar para el regreso.
Cuánto echaba de menos la brújula que Robert, su padre, le había regalado el día que partieron. Por desgracia, desde que misteriosamente una noche desapareció toda la tripulación sin dejar rastro, todos los aparatos, incluidos los del barco, habían dejado de funcionar. En un arrebato de furia había lanzado su brújula al vacío después de llevar varios días sin que la aguja se moviera.
Cuando estaba a poco menos de trescientos metros del primer montículo helado, una ligera niebla empezó a bañar lo que unos instantes antes había sido claridad. Miró atrás, aún veía la cuerda, pero debería caminar en línea recta para volver a encontrarla. Siguió caminando y pronto comenzó la ascensión. Respiró fatigada. Diez o doce metros después, ante ella se extendía una llanura solamente rota por algún ligero desnivel. Se adentró unos metros más, pero era inútil continuar, la niebla ya lo inundaba casi todo. Decidió dar media vuelta, porque además, pronto anochecería.
Con mucho cuidado, comenzó a caminar sin saber dónde pisaba. Era como ir con los ojos cerrados. Al empezar el descenso supo que le quedaban un par de minutos hasta llegar a la cuerda, puede que tres, ya que iba más despacio que cuando llegó. Era consciente de que si se desviaba, prácticamente sería imposible llegar al refugio que le proporcionaba el barco. Al raso no aguantaría una noche.
Empezó a sentir pánico cuando creyó ver que algo pasaba ante ella. Apartó inmediatamente la sugestión de su cabeza cuando pisó lo que buscaba. Se agachó y pudo suspirar aliviada al comprobar que era la cuerda. Caminó desconfiada mientras se la iba enrollando sobre uno de sus hombros y entonces sucedió algo que no esperaba; alguien o algo, tiró fuertemente de la cuerda haciendo que cayera al suelo y fuera arrastrada un par de metros. Se liberó mientras se levantaba aturdida y con un fuerte dolor en la clavícula. Fuera lo que fuera, tenía que seguir adelante, tal vez el barco se había movido, o un animal había chocado con la cuerda. Más que la propia soledad en la que estaba atrapada, le aterraba pensar que podría tener compañía. Dejó la cuerda en el suelo y empezó a utilizarla como guía deslizándola entre sus manos.

A pocos metros del final, la niebla empezó a desaparecer y aunque ya estaba cayendo la noche, pudo ver que el hielo que rodeaba al barco se derretía misteriosamente haciendo que éste se moviera ligeramente ante sus ojos. Luego, el deshielo se frenó tan repentinamente como había comenzado. Paró en el blanco borde helado. Le separaban unos cinco metros de agua hasta poder alcanzar la escalera para subir al barco, pero no se lo pensó, no había tiempo. Respiró profundamente y se lanzó al agua. Subió tan rápido que ni siquiera sitió dolor en su maltrecho hombro. Luego se desnudó, y temblando violentamente de frío y miedo, se metió bajo varias mantas esperando un milagro. Entre escalofríos sitió que no podía mover las manos ni los pies. Sus labios se habían puesto azules. Luego llegó el letargo y dejó de temblar. Cerró los ojos.
Tiempo después oyó voces:
―¡Es imposible que haya sido ella! ¡Lleva tres días delirando por la fiebre, pero no se ha movido de su cama! gritaba el médico de la expedición.
Agarrotada y un poco desorientada, se levantó de la cama frotándose los ojos. Salió de su camarote, ni siquiera reparó en que estaba vestida y que el dolor del hombro había desaparecido. Cuando llegó al comedor, toda la tripulación sonrió al verla.
 Entonces no me explico quién ha escrito esta locuracontestó el capitán que, sujetando el cuaderno de bitácora, miraba sorprendido a la chica que se aproximaba.


Vicente Ortiz Guardado
Dedicado a Fátima Juan.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Mesa para cuatro.

REC. Son las tres y diecisiete minutos del viernes veintiocho de noviembre. Junto al equipo V, acabo de entrar en la vivienda. La policía ya nos ha dejado libre el terreno y vamos a empezar. La primera impresión es escalofriante; no sólo por el desorden, sino por el nauseabundo olor a carne en descomposición. Me indican que los cuerpos están sobre la cama del dormitorio principal. Me cubro la cara con una mascarilla; el olor es inaguantable. Me acerco a los cuerpos para hacer el primer examen. La chica yace bocarriba, está totalmente desnuda y por su aspecto no debe pasar de los veinticinco años. El chico está en posición fetal, diría que es algo mayor, pero no mucho más, también está desnudo. La cama está cubierta de sangre seca. La joven muestra un profundo corte en su garganta y la amputación parcial de sus senos. Su pareja presenta un corte aún más profundo, tiene casi seccionada la cabeza. También puede apreciarse un fuerte traumatismo en el lado derecho del cráneo.
Me dicen que los objetos de valor siguen en la vivienda, provisionalmente descartamos el móvil por robo. Creo que aquí no podemos hacer mucho más y voy a dar orden de que trasladen los cuerpos para que les practiquen la autopsia, pero me temo que la historia se repite. Ya son cuatro jóvenes parejas brutalmente asesinadas en menos de un mes. En los cuatro casos a las chicas les han amputado parte de sus pechos y excepto en éste, los barones han sido decapitados. Estamos ante un despiadado asesino en serie fetichista. STOP.

¡Merino! grita enérgicamente Expósito, que se acerca a mi despacho con unos papeles.
Lo que ya sabíamos, ¿verdad? pregunto sabiendo la respuesta.
Efectivamente ―me contesta con gesto serio, a los chicos de anoche no se les han encontrado tóxicos, llevan una semana tiesos, y eran una pareja común sin antecedentes ni deudas. Como en los otros casos, también estaban solteros.
¿Y la chica? ¿Estaba embarazada también?
Sí, otra oveja descarriada contesta casi con desprecio.
―¡No empecemos, Expósito! levanto la voz con autoridad.
―Lo siento jefa, pero no entiendo a estos jóvenes que deciden tener familia sin estar casados, sólo eso, traer una vida a este mundo no es un juego de niños.
―¡Céntrate en el caso, por favor! Tus creencias, guárdatelas.
En ese momento decido terminar con la reunión. Expósito es uno de mis mejores hombres, pero es una persona tan cerrada en su credo que ve todo inmoral. Aún me pregunto cómo decidió dedicarse a este trabajo. Me estoy arrepintiendo de haber aceptado ir a cenar esta noche a su casa, de no ser porque nos acompañan Molina y Monzón, me habría inventado cualquier excusa para perderle de vista.

Molina acaba de pasar a buscarme y también va cargada con una botella de vino tinto. Al final las dos acabaremos como la última vez, pero mañana todo el equipo tiene el día libre y merece la pena estar con los compañeros en un ambiente distendido fuera de lo que vemos a diario en el trabajo.

No sé si creer que Expósito ha cocinado lo que hay sobre la encimera de la cocina, pero eso es lo de menos, el tío se lo ha currado y todo tiene una pinta exquisita, además, en la mesa ha cuidado hasta el último detalle. Aunque a él se le nota menos que a Monzón, por lo que parece, llevan ya un buen rato dándole al vino.
Para mi sorpresa, la cena está siendo de lo más agradable, todo son bromas y risas. Por suerte nadie ha comentado nada del trabajo, cosa que se agradece.
No me explico cómo ha ocurrido, pero Expósito estaba contando una anécdota con su famosa y sobreactuada gesticulación habitual y se ha caído dándose un buen golpe con la silla de Molina. Todos estamos acostumbrados a ver sangre casi a diario, pero la situación se ha vuelto tensa cuando ha perdido unos segundos el conocimiento.
Ahora vuelve en sí y aunque su ceja no para de sangrar, parece que responde y sonríe para quitar tensión.  ¡Vaya susto nos hemos llevado!
Mientras mis compañeros lo atienden voy a por hielo. ¡Menuda nevera se gasta! ¡Y está a rebosar de alimentos! Si viera la mía… Algo nerviosa abro el congelador. Bajo una enorme fiambrera con carne hay una bolsa llena de cubitos hielo. Tiro de ella para sacarla, pero mi torpeza y el efecto del vino hacen que la fiambrera caiga al suelo haciendo saltar la tapa por los aires. Cuando voy a cerrarla, Expósito entra por la puerta de la cocina con una servilleta en la frente y cara de pocos amigos.
―Perdona ―le digo para disculparme―, no se ha roto. ¿Estás bien?
Él no contesta, se limita a acercarse mirando cómo le paso la bolsa de hielo, puede que el golpe le haya afectado.
Después le doy la espalda para guardar la carne en el congelador y es cuando siento un tremendo golpe en mi cabeza. Caigo al suelo sin entender qué está pasando, creo está trastornado y que me ha sacudido con la bolsa de hielo. Con violencia me posa una de sus pesadas botas en la espalda.  Sigue sin decir nada, pero ahora da igual, ya lo entiendo todo.
Justo cuando mis compañeros lo están reduciendo, descubro horrorizada que en el interior de la fiambrera hay varios pezones congelados.

Vicente Ortiz Guardado
22-11-14
Dedicado a todo el equipo  V  de la rosa de los vientos. 

       

jueves, 18 de septiembre de 2014

Londres.

Londres 28 de enero de 1.897
Querido tío Henry, hace meses que no sabéis nada de mí y voy a intentar resumir cómo ha sido este tiempo sin vosotros.
Quisiera decirte que Londres es un sitio idílico donde continuar mi aprendizaje, pero estoy sumido en una gran depresión de la que difícilmente podré recuperarme algún día.
Tú y la tía Bridget sois como unos padres para mí y habéis sacrificado vuestro bienestar para que yo me convierta algún día en médico. No sé si merezco tal cosa.
Londres es un infierno. En cuanto cae la noche, una espesa niebla cae sobre sus calles como un pesado telón, es entonces, a la hora de las sombras, cuando personajes de distinta índole aparecen de la nada y se hacen con el control de la ciudad. He podido ver con mis propios ojos como un policía miraba para otro lado cuando un chiquillo de apenas ocho años era embestido por un coche tirado por caballos. En cualquier siniestro callejón, por un simple reloj de bolsillo un hombre puede ser degollado despiadadamente. Es fácil que en el trayecto que hay desde la facultad hasta este pequeño cuarto donde escribo bajo la pobre luz de una vela, más de diez mujeres de distintas edades intenten venderme su cuerpo por unos chelines. Dios se apiade de ellas. Como imaginarás, hago con que no escucho sus obscenos comentarios y sigo caminando en silencio. Prefiero darle un chelín a cualquiera de los muchos vagabundos que deambulan sucios y enfermos por las calles de esta lúgubre ciudad.
En mi primera carta os dije que mi habitación era cómoda, pero nada más lejos de la realidad. Intento no morir de frío cada noche en la estancia más pequeña y sucia de la casa, donde un armario sin puertas, una mesita de madera con un taburete y una pequeña y vieja cama son todo el mobiliario. La comida no es mucho mejor, incluso el señor Goodman me ha insinuado que si quiero comer carne haga como el resto de sus distinguidos huéspedes y robe una gallina de vez en cuando en el mercado.    
Qué te voy a contar de la facultad… los profesores sólo se dirigen a los alumnos de familias importantes, y éstos, con sus elegantes trajes me miran por encima del hombro sintiéndose superiores. Pero eso no me importa, como tú y la tía me enseñasteis, estoy siendo muy trabajador y gracias a mi empeño tengo buenas notas. Para relajarme, me refugio en la biblioteca cada tarde y me sumerjo leyendo a los clásicos durante horas. También leo viejos tratados sobre medicina que me están viniendo bien.
Lo peor viene por la noche. La soledad de mi oscura habitación me está consumiendo. Apenas duermo por los ruidos y el frío. Paralizado sobre mi cama, escucho voces en la calle y temo que algún día alguien trepe para robarme o descuartizarme.
Lo siento tío Henry, en cuanto pueda continúo la carta.


Londres 17 de mayo 1.897 (Continuación).
Soy un miserable. A pesar de haber recibido tus cartas, no he tenido ganas ni valor para escribirte. He llorado mucho la muerte de tía Bridget. Sólo el Señor sabe lo mucho que la quería, pero sabíamos que ese día llegaría, aunque siempre he albergado la idea de que podría estar a su lado para despedirme. Lo siento. Siento que os he fallado y que jamás podré compensarte por todo lo que habéis hecho por mí. No merezco que sigas enviando dinero para mis gastos, ni siquiera merezco permanecer en tu recuerdo. Ahora soy una persona distinta, ya no me conoces tío Henry. Esta despreciable ciudad, sumida en los vicios más pecaminosos ha podido atraparme con sus garras y lo peor de todo, es que en cierto modo soy feliz.
No sufro cuando cada noche aparecen los monstruos que intentan despedazarme en mi cama. No les tengo miedo. Ni siquiera a esos ruidos desgarradores que emiten al acercarse a mí. Algunas veces, antes del alba, me levanto de la cama y veo a través de mi venta a los espectros de la noche que, como una nebulosa salen de las casas y emergen para desaparecer en el aire antes de que el sol los destroce con sus primeros rayos. Algunos me observan desafiantes, pero al no encontrar miedo en mi mirada, siguen su ascenso a quién sabe dónde.      
Tío, no llores por mí, soy más fuerte de lo que yo incluso creía. Los obstáculos que esta maldita ciudad me ha ido poniendo desde que llegué me han curtido y han hecho de mí a una persona diferente, ahora los veo como un juego de niños. Mientras tenga acceso al opio de la facultad, no habrá criatura diabólica que pueda contra el láudano que yo mismo fabrico.


Vicente Ortiz Guardado.
Escrito entre los días 17 y 18 de Septiembre de 2014

viernes, 4 de julio de 2014

Aguas oscuras.

Empecé a contar mentalmente hasta tres. Al principio me faltaba el aire, pero conforme fui tranquilizándome comencé a respirar un poco mejor. Olía mal, pero cada pequeña bocanada de aire que entraba en mis pulmones era una pequeña victoria.
Cuando recuperé la respiración y mis ojos se acostumbraron a la casi total ausencia de luz me centré en el siguiente problema, salir de allí. A duras penas repté durante un tiempo indefinido y cuando noté que llevaba un buen rato bajando, sentí que la tensión se acumulaba en mis sienes dándome pequeños pinchazos.
Paré unos minutos para recuperar fuerzas y cuando proseguí, la especie de galería en la que me encontraba comenzó a hacerse más grande y en horizontal. Aunque sentía el mismo agobio que al principio, ya me había habituado a respirar siguiendo una secuencia y también la tensión en mi cabeza empezaba a desaparecer. Por la tierra que se pegaba en mis codos y mis rodillas deduje que estaba sangrando. Me picaban mucho los ojos, hasta los lagrimones que recorrían mi cara parecían barro imposible de limpiar.
Mis fuerzas me habían abandonado casi por completo cuando aprecié que al fondo había algo de luz. No sé de dónde saqué la energía, pero aceleré la marcha dando gritos a cada avance. El dolor en los codos era insoportable, pero tenía que llegar cuanto antes al fondo.
Un, dos, tres decía una y otra vez antes de gritar y respirar.
El tamaño de la galería aumentó a tal punto que pude empezar a caminar más deprisa a cuatro patas. Mis brazos temblaban de cansancio porque no podía estirarlos por completo sin darme golpes en la cabeza, pero estar cada vez más cerca de la fuente de luz, hizo que una mueca parecida a una sonrisa apareciera en mi cara.
Como la anchura de la galería daba para girarme, pude tumbarme bocarriba para descansar. Tanto me relajó cambiar de postura que me quedé dormido. No sé cuánto tiempo pasó, pero algún pequeño roedor recorrió mi pecho a una velocidad endiablada y me devolvió a la cruda realidad.
Cuando me dispuse a proseguir, un nuevo varapalo me sacudió; no había nada de luz. Me encontraba sumido en la más absoluta oscuridad. Aun así, seguí mi marcha sin saber dónde cómo o cuándo terminaría mi calvario.
Tenía la boca pastosa y una sed de mil demonios, pero los codos me dolían menos. Con mucho esfuerzo, unos minutos después llegué a la desembocadura del túnel. No veía el fondo y como tampoco tenía espacio para girarme e intentar bajar de pié, decidí esperar a que llegara de nuevo la luz, si es que ésta llegaría en algún momento.
Volví a quedarme dormido unos minutos, puede que unas horas. Cuando desperté, un rayo de luz proveniente del techo atravesaba la enorme oquedad iluminando aquella cueva. No había otra opción, tenía que tirarme de cabeza e intentar girarme en el aire para caer de pie antes de estamparme en el suelo que estaba a unos tres metros.
Dibujé en mi imaginación un salto perfecto, pero éste no fue tal. Sin poder ponerme de pie antes de saltar, me impulsé todo lo que pude para sortear las piedras de la pared y hacer la pirueta que quería, pero lo único que conseguí fue caer de espalda en el frío y duro suelo pedregoso.
El golpe fue tan brusco que temí haberme fracturado alguna costilla. No podía respirar y el dolor era espantoso. Conseguí ponerme en posición fetal y de forma entrecortada al principio, y más regular pasado un tiempo, comencé a respirar.
Me incorporé lanzando un fuerte grito que retumbó entre aquellas paredes. A pesar del dolor de la espalda, pude ponerme en pie tras un ligero mareo que casi me hace volver a caer. Me dolía tanto que ya me había olvidado de las rodillas y los codos. Gracias a la luz, comprobé que efectivamente había perdido bastante sangre. En el codo derecho había desaparecido todo rastro de piel y pude ver el hueso entre la costra de tierra y sangre que se había formado.
Tambaleándome un poco, recorrí la estancia que, desde abajo se veía mucho más grande. Parecía una formación totalmente natural, pero el túnel por el que había llegado hasta allí lo había hecho alguien quién sabe por qué motivo. En la parte superior, se adivinaba una curvatura que posiblemente llevaba a la superficie. La luz que por allí se colaba, seguramente era la propia luz del día, pero estaba a más de treinta metros imposibles de escalar en mi estado. Grité tanto como mi garganta me permitió, pero la única respuesta que llegó fue el propio eco de mi voz.
Ya con menos dolor, explorando por uno de los extremos, justo frente a la desembocadura del túnel por el que había reptado, vi que la oquedad tenía una continuación. La luz era más escasa, pero avancé con cuidado y descubrí que había una pequeña laguna formada por el agua que se filtraba por las paredes del fondo de la cueva. Sin pensarlo me decidí a entrar. Inconscientemente no tuve la precaución de comprobar antes la profundidad y al meter el primer pie caí dentro. Estaba muy fría y eso me espabiló rápidamente. Con un par de brazadas me acerqué al borde de la que en otra situación habría sido una idílica piscina natural, y aunque me costó un poco, pude salir. De rodillas en la orilla me lavé las heridas y bebí abundantemente sin pensar en una posible intoxicación. ¡Qué más podía pasarme! Desde luego de sed no me iba a morir.
El agua que chorreaba continuamente por la pared tenía que salir por alguna parte, pues la marca de la erosión indicaba que el nivel hacía mucho que no subía. Nunca había sido un gran buceador, pero algo tenía que intentar antes de morirme de hambre o por alguna infección.
Aunque mis extremidades no estaban para mucho derroche de energía, me lancé y recorrí buena parte del pozo antes de subir a la superficie a coger aire. A pesar de que el agua era cristalina, en cuanto me sumergía un poco, era imposible ver nada. Ya que la vista no me servía de mucho, cambié de táctica y fui palpando las paredes intentando encontrar alguna salida. Una de las veces encontré a bastante profundidad lo que parecía el “desagüe”, pero, no sabía qué habría más allá. Subí para respirar profundamente y volví al mismo sitio, pero cuando intenté adentrarme un poco más, algo pasó a mi lado rozándome con violencia la espalda. Fueron unos segundos agónicos pues ya no aguantaba más la respiración, fuera lo que fuera me había desorientado y el miedo a una extraña criatura me noqueó. Cuando di el primer tragón de agua pensé que era el final, pero entonces una fuerza inesperada me hizo reaccionar y pude salir de aquella trampa. Por el camino volví a tragar más agua y cuando pensé que moriría ahogado vi la claridad. Saqué la cabeza del agua y vomité sin parar de toser. Salí del agua temblando de frío y de miedo.
Me alejé de la piscina buscando la tranquilidad de la claridad que penetraba desde lo alto y fue cuando a mi espalda un enorme chapoteo en el pozo hizo que por primera vez deseara estar de nuevo en el túnel por donde había llegado hasta aquel maldito lugar. No pude ver con precisión, pero por las sacudidas que dio aquella cosa y la enorme cantidad de agua que sacó, debería tener un tamaño descomunal. Me alejé todo lo que pude suplicando para mis adentros que no fuera un gigantesco anfibio carnívoro. Para mi desgracia, la luz empezó a desvanecerse y poco a poco todo volvió a sumirse en total oscuridad.
Acurrucado en un hueco de la pared observé como el bicho paraba de chapotear y dejaba un tranquilizador silencio solamente quebrado por los chorros de agua que descendían por la pared. Sin apenas moverme, pasé en alerta la noche más larga de mi vida.
Cuando el sol hizo presencia de nuevo, apenas me quedaban fuerzas para sobrevivir un poco más. Estaba exhausto, mi estómago rugía de hambre y aunque ya no sangraba, me dolía todo el cuerpo.
Con bastante dificultad, me incorporé para intentar encontrar otra salida antes de que fuera demasiado tarde. Después de un buen rato confirmé que era imposible trepar por aquellas paredes prácticamente lisas. Decidí que era el momento, había perdido la batalla y pronto descansaría para siempre. Me tumbé en el suelo. Fijando la mirada en la claridad, los ojos empezaron a picarme por la falta de sueño. Los cerré.
No estoy seguro de si fue una alucinación, un ángel, un sueño o qué, pero lo último que recuerdo es que me levanté al oír una encantadora melodía y en el borde de la piscina cantaba la mujer más bella que jamás habían visto mis ojos. Su espesa melena dorada recorría su torso desnudo. Tenía los ojos de un verde intenso, la piel más fina y delicada que podía existir y sus sensuales y carnosos labios se abrían sugerentes al tararear aquella canción.

Su poder me atrajo tanto que sin decir una palabra me acerqué para besarla. Ella respondió agradecida. Luego nos miramos fijamente unos segundos, me sonrió dulcemente y volvimos a besarnos. Después se sumergió con los ojos abiertos y finalmente ascendió rodeando mi nuca con sus delicadas manos. Cuando yo iba a hacer lo propio, tiró de mí, lanzándome al agua.
No tuve miedo cuando me abrazó por la espalda y nos sumergimos en la profundidad de aquellas aguas oscuras, al contrario, por primera vez en mi vida me sentí en paz. Incluso creí escuchar cómo seguía cantando bajo el agua para tranquilizarme.
Antes de perder el conocimiento noté como me rozaba cuando se agitaba para descender a más velocidad. Luego desperté confuso en la orilla de un caudaloso río. Jamás volví a verla.
Yo sé que las sirenas no existen, y mucho menos las de agua dulce, pero el caso es que hoy, cuarenta años después de llegar al nuevo mundo, a cambio de un vaso de vino, sigo contando mi historia a los nuevos aventureros españoles que, en silencio, la escuchan atentos. 



Vicente Ortiz Guardado.
04-07-14
Relato dedicado a Ángel Gabay.

lunes, 9 de junio de 2014

La chica de la peña.

Siempre me habían dado mucho miedo los toros y cada vez que iba a Coria en San Juan intentaba convencer a mis amigos para meternos en algún garito mientras el animal estaba suelto por las calles, pero merecía la pena acercarse a aquél toro que parecía una bestia salida del mismísimo infierno.
La noche anterior, unas chicas nos habían invitado a su peña. Eran simpáticas y lo mejor de todo es que había una que me había llamado especialmente la atención, creo que yo también a ella. Era preciosa y no iba a dejar pasar la oportunidad.
Enfilamos por la bulliciosa calle de los paños, que era un trajín de gente alegre, e intentamos entrar en la plaza, pero allí no cabía ni un alfiler. Finalmente decidimos ir a tomar una cerveza por la zona de la catedral. Miré el reloj. Aún quedaban unos minutos para que abrieran la peña de las chicas, ya que ésta no la abrían hasta que el toro estaba suelto por el casco amurallado.
Cuando terminamos la cerveza, fuimos caminando despacio hasta la peña. Yo disimulaba en todo momento, pero no hacía más que mirar a mí alrededor. Me aterraba la idea de que el toro anduviera cerca.
Al fondo de la calle distinguí a dos de las chicas que, ajenas al peligro, fumaban en mitad de la calle mientras hablaban animadamente. Cuando íbamos llegando, mi corazón se aceleró al ver que en la puerta estaba ella.
Saludé. Las risas y la complicidad de la noche anterior se habían esfumado como el humo de los cigarrillos de sus amigas. Algo había cambiado y apenas se fijó en mí. Disimulando mi decepción pasamos al interior.
Unos chicos nos sirvieron unas copas. Luego otras y otras. Ya me daba igual el toro, la chica que entraba y salía sin reparar en mi presencia y el calor que hacía. Intenté convencer a mis amigos para irnos de allí, e intentar conocer a otras chicas, pero éstos estaban a gusto charlando con unos y otros, también ayudaba que estábamos bebiendo sin gastarnos un duro.
Fuera, el sol se había escondido y una suave brisa fresca corría por la calle. Me senté en la acera para despejarme. No terminaba de acostumbrarme a beber con el estómago vacío. Uno de mis amigos salió con otra copa que acepté sin rodeos mientras miraba al corro de chicas que tan solo unas horas antes parecían ser amigas de toda la vida.
Por megafonía anunciaron que habían dado muerte al toro. Sinceramente me había olvidado del animal. Ahora lo que me apetecía era salir de allí. Me levanté para ir al baño.
Te habrás lavado las manos dijo la chica más guapa del local cuando salí del minúsculo lavabo.    
Sí, claro… dije confuso.
¿Os apetece comer algo? preguntó, si queréis podéis pasar a nuestra zona privada y picar algo.
No hizo falta que insistiera para que los gorrones de mis amigos entraran en la estancia anexa. Como buitres arrasaron con la comida. En otras circunstancias habría hecho lo mismo, pero allí estaba ella, me había hablado y sonreía. Me acerqué.
Muchas gracias por todo dije para intentar mantener una conversación.
No hay de qué contestó sonriendo mientras se alejaba.
No pude evitar lanzar una mirada de soslayo cuando abrió la nevera. Llevaba una fina camiseta ajustada que marcaba sus pezones. Era perfecta. Cuando dejó más comida sobre la mesa se acercó de nuevo. Algo parecía que estaba cambiando. Puede que fuera tímida o quisiera conocerme mejor, el caso es que estaba a mi lado y su sonrisa inundaba la estancia, no había nada ni nadie alrededor, solo ella y yo.
Aún no estoy seguro de cuánto tiempo estuvimos hablando. Fue ella la que dijo que estábamos solos. Todos habían vuelto a la barra. Entonces me lancé. Ella respondió a mi arrebato y nos fundimos en un largo y apasionado beso.
Tengo novio dijo secamente tras el beso.
No contesté, me limité a observar cómo sacaba el móvil y contestaba a un mensaje.
Sin decir nada más, salió dejándome desconcertado. Minutos después entró acompañada de un chico mayor que yo. Nos presentó. Hablamos de cosas intrascendentes durante un rato y seguimos bebiendo y bebiendo.
Lo último que recuerdo, era que entre risas, los tres entrábamos en un piso.
No sé cuántas horas pasé dormido, el caso es que desperté cuando noté que el sol entraba con violencia a través de los rectangulares agujeros de la persiana.

Sonreí al ver que a mi lado dormía alguien tras la fina sábana, pero, ¿sería ella?
Me dolía la cabeza, y algo me decía que en la noche anterior había hecho algo que jamás contaría a mis amigos.
Me incorporé para apartar la sábana, pero no hizo falta; su larga melena negra no dejaba lugar a dudas. Era ella.

Buenos días, machote dijo su novio entrando desnudo por la puerta guiñándome un ojo.


Vicente Ortiz Guardado
Junio 2014

lunes, 7 de abril de 2014

Videorrelato "el ser".

Vídeo creado a partir del microrrelato,"El ser", escrito por Vicente Ortiz Guardado. Emitido en la Rosa de los Vientos el domingo 09/02/14.




viernes, 21 de marzo de 2014

María

Llevaba meses observándola y aunque cada noche era casi igual a la anterior, no podía arrancarla de su pensamiento en todo el día. Era excitante. Se ponía nervioso esperando tras la cortina y, cuando aparecía ella, justo frente a él, tan cerca pero a la vez tan lejos, se sentía feliz.
A ella parecía importarle poco que la vieran, tampoco hacía nada malo. Él deseaba ser el único que la espiaba, pero, ¿estaba mal lo que hacía?, ¿sabría que la miraba cada noche? Eso no importaba, en los minutos que duraba “el encuentro” era el hombre más afortunado del mundo y no quería pensar en un rechazo si ella se sintiera observada, por eso se escondía bien, porque aunque algunas veces ella se quedaba mirando fijamente a su ventana y él había estado a punto de asomarse para saludarla, en el fondo no se atrevía, se conformaba con verla tras el escudo contra la timidez que le daba la cortina. Ojalá fuera tan lanzado como el vecino de su rellano que siempre andaba con unas y otras.
 Aquella mujer desprendía sensualidad en cada movimiento y en cada gesto. Incluso cuando sacaba un cigarrillo del bolso con aquellos largos y delgados dedos interminables y se lo ponía entre sus labios gruesos dando una calada o cuando se apartaba el pelo que se agitaba delante de su cara y se lo sujetaba tras una oreja dejando al descubierto su estilizado cuello.
No sabía su nombre, pero había decidido llamarla María. María era una mujer de unos cuarenta años. Bien proporcionada y con aspecto juvenil, aparentaba menos edad. Pero en su mirada se adivinaba a una mujer con experiencia en la vida, culta e independiente. Sus rasgos marcados nunca pasaron inadvertidos en él. Aquellos pómulos prominentes, su larga melena negra, sus carnosos labios, sus arqueadas y bien perfiladas cejas, su barbilla redonda y una mirada tierna e inocente le habían enamorado desde el primer día que la vio en el balcón, además, aquel día llevaba un escotado vestido blanco que dibujaba unas deseadas y firmes formas casi perfectas dejando prácticamente al descubierto sus pechos.   
Para su desgracia, hacía varias noches que no leía y eso quería decir que pronto volvería a entrar en su piso. Cuando salía con un libro, solía sentarse cruzando sus bronceadas piernas en una pequeña hamaca de mimbre. Encendía un pequeño flexo y podía pasarse horas leyendo. Él fijaba su mirada en los gestos que veía en ella, gestos que le indicaban lo triste, interesante o decepcionante que era lo que leía.

Ya no sabía qué hacer para llamar su atención. Lo había intentado todo; maquillada, sin maquillar, mirándole fijamente, incluso con escotes de vértigo o sin sujetador, a oscuras para que solo intuyera su silueta o con luz. Su obsesión por aquel hombre de mirada triste había llegado tan lejos que sólo le faltaba presentarse en su casa y pedirle que la invitara a tomar algo. Pero el tiempo pasaba y no había respuesta. Tal vez fuera tímido, gay o ya estuviera comprometido. Que no le gustara no podía ser; ella gustaba a todo el mundo, incluso a las mujeres. Pero jamás se le había resistido nadie durante tanto tiempo, ella sabía cómo conquistar a los hombres, llevaba toda la vida seduciendo y consiguiendo que se rindieran a sus pies, y aunque algo decepcionada, la indiferencia que él mostraba lo hacía aún más deseable.
Era viernes y ya estaba oscureciendo, el momento justo para hacer una locura. Con un rotulador de punta ancha escribió algo sobre una cartulina rosa que dejó colocada estratégicamente para que fuese visible desde el piso al que miró mientras lanzaba un suspiro antes de volver al interior.
“Si te interesa, tendré la puerta abierta toda la noche” podía leerse desde el edificio de enfrente.

No podía creer lo que estaba viendo, por fin iba a tenerla entre sus brazos. Más clara no podía ser. Se arregló un poco y después de prepararse unas palabras mirándose en el espejo del baño, se decidió a salir a la calle. No hizo falta llamar al telefonillo; su portal estaba abierto. Subió nervioso hasta el quinto piso y cuando estaba frente a la puerta de su chica respiró profundamente. Sonrió. Luego tocó el timbre y esperó. Alguien abrió.

Hola dijo el vecino de su rellano asomando la cabeza.

Vicente Ortiz Guardado
Marzo 2014

lunes, 10 de febrero de 2014

Podcast del relato "El ser".

Microrrelato,"El ser". Enviado por Fátima Juan Juan, escrito por Vicente Ortiz Guardado, narrado por Remedios Márquez, montado y realizado por Victor San Román. Emitido en la Rosa de los Vientos el domingo 09/02/14.



Si no lo puedes reproducir, inténtalo directamente en IVOOX

jueves, 28 de noviembre de 2013

La carretera

Llevaban preparando la broma desde que uno de los chicos escuchó la leyenda urbana de la chica de la curva en un programa de radio nocturno, y aunque hacía un poco de frío para semejante atuendo, merecía la pena sufrir para pasar un buen rato.
La joven se había maquillado la cara de blanco y había exagerado unas oscuras ojeras con el mismo color que se había pintado los labios. El vestido blanco lo había comprado el artífice de la idea en una tienda de segunda mano y también se había encargado de llevar el coche. El más joven de los tres grabaría la escena que luego subirían a la red.
Abandonaron la estrecha carretera para adentrarse unos metros en el camino elegido días atrás. La noche era desapacible, de no ser por la linterna que llevaban, la oscuridad era casi absoluta. Avanzaron en fila india por la cuneta unos doscientos metros hasta llegar a las curvas donde llevarían a cabo la hazaña.
Cámara en mano, el más joven subió a un árbol para grabarlo todo. El otro acompañó a la chica hasta que a lo lejos vieron aparecer dos luces, entonces ella se descalzó, él cogió los zapatos y se escondió tras unos matorrales. Algo nervioso, animó a la chica para que actuara como habían ensayado.

Tras acabar la jornada de trabajo, una mujer de mediana edad conducía cada noche por aquella peligrosa carretera. Empezaba a estar harta, además, casi todas las noches cuando llegaba a casa, su hija ya estaba durmiendo.
A lo lejos, algo llamó su atención. Algo blanco. A pesar de no ir muy deprisa, redujo la velocidad. Estaba agotada y aunque le picaban los ojos por el esfuerzo de conducir de noche por una carretera tan oscura y sin señalizar, claramente identificó a una persona. A menos de cien metros supo con certeza que era una mujer, puede que una jovencita. Redujo un poco más. Le aterraba parar en aquel sitio de escaso tráfico sin nada de iluminación.

La chica de la cuneta inclinó su cabeza hacia un lado mientras entreabría la boca y estiraba los brazos en una postura poco natural. Cuando el coche estaba a pocos metros de ella y su velocidad era cada vez más lenta dio dos pasos colocándose en mitad de la carretera. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos, los mismos que tardó la conductora en esquivarla mientras pasaba a su lado y aceleraba para perderse en la oscuridad de la noche.
El chico que permanecía en el árbol pudo grabar la escena completa; la mujer perdió el control en la segunda curva y cayó por un terraplén. Rápidamente bajó del árbol y aunque sus amigos no la habían visto salirse de la carretera, habían escuchado claramente el estruendo.
A ninguno de ellos se le pasó por la cabeza socorrer a la accidentada cuando emprendieron la carrera, sólo querían llegar al coche cuanto antes y desaparecer de allí.
La joven se sentó en el asiento trasero. Al acomodarse para cambiarse de ropa fue cuando se dio cuenta que aún estaba descalza. Metió el vestido en una bolsa y pidió sus zapatos. Su compañero no estaba menos nervioso, los sujetaba en silencio con la mirada perdida. Puso en marcha el coche y sin decir nada los tiró sobre los asientos traseros. Mientras recorrían el camino que daba acceso a la carretera, la chica encendió la linterna y con la ayuda de un pequeño espejo y unas toallitas empezó a desmaquillarse.
Cuando pasaron por la zona donde había tenido lugar el siniestro, redujeron considerablemente la velocidad, pero sin llegar a parar.  
Aquí fue donde me maté dijo la chica con voz tenebrosa apagando la linterna.
Los compañeros de los asientos delanteros se miraron de reojo. Ninguno dijo nada. El conductor intentó verla a través del espejo del coche, pero la falta de claridad se lo hizo imposible. Ella se dio cuenta y empezó a reírse.
―No tiene gracia ―dijo el más joven.
―¡Frena, joder! ―gritó la chica poniéndose entre los dos asientos― Hay alguien allí.
La mujer que sostenía un teléfono en la cuneta se quedó mirando el coche que paraba a su altura.
Hola chicos saludó tranquila, he tenido un descuido y me he salido de la carretera. Ya he llamado a mi marido para decir que estoy bien. Vivo a pocos kilómetros de aquí y él no tiene coche, ¿me podríais llevar a casa?
Buenas noches saludó el conductor intentando mostrar tranquilidad, no se preocupe, nosotros la llevaremos.
La mujer abrió una de las puertas traseras y saludó a la joven que apretaba contra sí una bolsa. Ésta se limitó a asentir con la cabeza, y por miedo a que la reconociera apartó la mirada.
La mujer les fue indicando el camino sin que los jóvenes hablaran en todo el trayecto. En unos minutos estaban entrando por su calle.
Muchas gracias, chicos, me habéis salvado la vida. Allí está mi marido ―dijo señalando al hombre que con rostro serio hablaba por teléfono.
Avanzaron unos metros. El hombre se quedó mirando el coche que se aproximaba. Pararon a su lado. Entonces se abrió una de las puertas traseras y la joven que aún sujetaba la bolsa bajó del coche. Se acercó al hombre y se abrazaron.
Ha pasado algo terrible dijo él, después de besarle la frente.
Lo sé, papá.

Los chicos se miraron aterrados, no entendían nada. El conductor echó un vistazo al asiento trasero buscando una explicación, pero allí no había nadie.


Vicente Ortiz Guardado