jueves, 12 de abril de 2012

Samuel, el africano.


Yo, Samuel, aún no soy consciente de que me queda poco para terminar con tanto sufrimiento. En Madrid, a tantos kilómetros de mi casa, estoy tranquilo, no siento dolor alguno, tampoco rabia, solamente tristeza. En estos momentos quiero pensar en los buenos momentos de felicidad, aunque he sufrido tanto, que mis malos recuerdos se amontonan ganando a los buenos. He intentado siempre ser un hombre bueno, pero la vida me ha dado la espalda incluso antes de nacer. Quisiera tener a mano mi viejo diario y plasmar mis últimos pensamientos, pero aunque así fuera, dudo que las exiguas fuerzas que me quedan, pudieran mantener firme mi mano. Esa misma mano que apenas puedo ver ahora. Esa misma mano que en otros tiempos narraba mis días de niñez juntó a mamá; días de escuela y tardes felices en la playa, noches en las que entraba en mi modesto cuarto para darme las buenas noches y con el más hermoso brillo en los ojos que haya existido nunca, se acercaba para besarme la frente. Esa misma mano que, a pesar del balanceo, se mostraba firme en mis días de juventud creyéndome el rey del mundo mientras surcaba el océano en un destartalado barco pesquero. Esa mano, que dejaba testimonio del odio que un día sentí por Zamboo, y resentido, dejé plasmadas las letras más injustas de cuantas he escrito sobre mi amigo, mi hermano, a ese que me llevo junto a un buen puñado de buenas personas en lo más profundo de mi ser. Esa misma mano que escribía enamorado lo que sentía mi corazón por Catalina, mi Catalina…
No puede ser otra cosa que un milagro, puede que una alucinación, pero no me importa, Catalina está ahora a mi lado. Me mira fijamente. Sólo puedo ver dulzura en su rostro. Siento paz mientras me sonríe. Ahora me abandona, se aleja dándome la espalda, pero se para junto a varias personas a las que creo que conozco, no estoy seguro, sus caras están algo borrosas pero me miran y me dan el calor y la serenidad que necesito. Me siento bien. Catalina se gira sin dejar de sonreír, parece que extiende sus brazos queriendo acogerme en su regazo.
Aunque no puedo dejar constancia en mi viejo diario de lo que siento, no me importa. Sólo quiero descansar, creo que lo merezco.

Mi vida comenzó en el año 1960. Aunque realmente mi historia la escribieron mis antepasados mucho antes de que yo naciera en una humilde casa con el suelo de tierra en la localidad de Santa Isabel, una bonita ciudad de la isla de Bioko, en la actual Guinea Ecuatorial.
Por lo que contaba mi abuela Esperanza, un ancestro suyo llegó a la isla en el año 1845. La historia de éste hombre es aún más triste que la mía y aunque nunca llegaron a saber de dónde era, siempre dijo que había nacido en África.
Cuando en 1817 la esclavitud se convirtió en ilegal, ésta ley no hizo otra cosa que aumentar el contrabando de personas y subir los precios de los esclavos aportando un gran beneficio económico a los que traficaban con negros. Por los pocos datos que llegaron a nuestros días, mi familiar fue secuestrado en su poblado siendo un adolescente. Como a otros pobres infelices, lo cargaron en un barco con destino a Cuba donde trabajó de sol a sol durante muchos años.
Un día le hicieron llamar para informarle de que le habían concedido la libertad, pero para pagarse el pasaje de regreso a su país tendría que trabajar otro año más.
Después de un largo año, por fin llegó el día del embarque en el que cientos de negros de diferentes lugares fueron hacinados en un viejo barco de vapor. La mayoría no se conocía, y aunque muchos hablaban en lenguas que otros jamás habían oído y no pocos practicaban religiones que algunos no conocían, el hermanamiento entre todos les unió en un ambiente de euforia. Se sentían iguales y después de mucho tiempo al fin habían encontrado la libertad, esa libertad a la que se les había privado por el mero hecho de tener un color de piel diferente. Aunque en aquel momento la vida no sería mucho mejor en África, muchos que ya habían nacido esclavos podrían sentirse libres por primera vez.
Al tercer día de travesía, fueron abordados por un patrullero británico que peinaba las rutas de barcos negreros por el atlántico. Con la excusa de detener a los comerciantes y de liberar a los negros, fueron llevados a sus dominios en el caribe donde de nuevo tuvieron que trabajar en contra de su voluntad, esta vez como aprendices y no como esclavos, pero en realidad era lo mismo con otro nombre.
Les hicieron creer que ya eran libres, aunque por algún misterioso motivo, no podían abandonar las plantaciones en las que trabajaban, y como el trabajo de aprendiz no era remunerado estaban igual que al principio.
Dos años después, a los más fuertes los hicieron soldados porque necesitaban mantener el orden en las colonias que los británicos tenían en África. Él, fue uno de los escogidos. Al menos, comería mejor y volvería a pisar su tierra. Nunca contó lo que le obligaron a hacer en ese tiempo, posiblemente tuvo que secuestrar a personas como ya hicieron tiempo atrás con él.
Tras un periodo de tiempo no muy claro, lo trasladaron a la Isla de Fernando Póo, donde necesitaban mano de obra barata para trabajar en las plantaciones de cacao. Le hicieron una especie de contrato por el cual recibiría un salario por primera vez en su vida y a los tres años quedaría definitivamente libre.
Cuando pasó el tiempo acordado supo por su capataz, otro negro que había estado en Cuba, pero que había corrido mejor suerte, que aún tendría que trabajar más tiempo en la plantación, además sin salario. Le explicó que las bebidas alcohólicas que el propio dueño de la plantación le había suministrado eran superiores a lo que había ganado durante aquel tiempo.
A partir de ahí se le perdió la pista de nuevo. Dicen, que cuando quedó libre se casó con una antigua compañera de su etapa en Cuba. Junto a ella —que era mucho más joven que él—, tuvo seis hijos.
Aunque mi abuela me contó que aprovecharon bien el tiempo y fueron felices en libertad, creo que “endulzó” un poco la historia para que no quedara tan triste, ya que en otra ocasión me dijo que realmente murió al poco tiempo de alcanzar la libertad.  




Vicente Ortiz Guardado.
Inicio de lo que será mi segunda historia.

2 comentarios:

  1. Engancha,pero tambien puedes pasarlo mal con la historia de la niña.

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