lunes, 20 de agosto de 2012

La bestia.

Desde que recordaba en su más tierna edad, había tenido pesadillas en las que una horrible bestia pálida cubierta de extraños ropajes le golpeaba mientras lanzaba unos gruñidos tan altisonantes como desagradables. Normalmente se repetían cada vez que estaba enfermo, aunque también cuando algo le alteraba.
Hacía varios días que se venían repitiendo. Quizás los ruidos que procedían algunas madrugadas en lejanía del bosque eran la causa.
Se despertaba sobresaltado y a pesar del miedo inicial, algo le empujaba a caminar durante un buen rato por la oscuridad, eso sí, muy sigilosamente y dando pasos cortos en los que sólo el crujir de las hojas secas del suelo y el de algún pequeño animal retumbaban en la negrura de la noche. Después de comprobar que todo estaba bien, volvía junto a su familia, que casi nunca se enteraba de sus paseos nocturnos.

Llevaba viviendo en el campo con su familia casi toda la vida. Estar rodeado de vegetación y aprovechar los recursos naturales que ésta le ofrecía era como estar en el paraíso. El campo le daba todo lo que necesitaba; comida, agua, sol, aire puro y sobre todo paz. Esa paz que tanto necesitaban los suyos para sentirse seguros. Por ese motivo los ruidos que rompían esa armonía le hacían estar más nervioso y por eso en las últimas noches la bestia agrediéndole le visitaba en sueños.

Un día decidió explorar más allá de la zona que conocía como la palma de su mano. Sin decir nada a su familia se puso a caminar intentando encontrar alguna explicación lógica a esos ruidos. Después de caminar varias horas empezó a inquietarse. Al no conocer la zona pensó en dar media vuelta, pero como siempre había gozado de una perfecta orientación, decidió adentrarse un poco más. El sol aún estaba alto y el retorno lo haría corriendo todo lo deprisa que pudiera para que su familia no le echara en falta.
Cuando llegó a lo alto de un pequeño cerro desde el que podía verse una gran extensión, vio asombrado como en la lejanía cambiaba la silueta del terreno. De repente no había árboles, no había plantas, no había nada. Solo tierra yerma. Aquello lo puso muy triste. Sus atractivos ojos almendrados se volvieron vidriosos, luego miró al suelo durante unos segundos y cuando se recuperó volvió a alzar la mirada para recordar con claridad lo que tenía ante sí. Finalmente volvió sobre sus pasos y nadie supo de su excursión.

Dos días después, mientras dormía al lado de su pareja se despertó sobresaltado, pero no por una pesadilla. El eco lejano de un ruido ronco le hizo incorporarse y salir a toda velocidad hacía la zona de donde estaba seguro que procedía. Cuando llegó a lo alto del cerro pensó que estaba soñando, nunca en su vida había visto algo parecido. Unos ruidosos y enormes artefactos talaban los árboles, que testigos de su desgraciado destino caían al suelo soltando sus últimos gritos de agonía.
Se acercó más, pero el miedo empezaba a apoderarse de él. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, una bestia como la de sus pesadillas bajó de uno de los artefactos para hacer indicaciones a otra bestia que se acercaba subido en otro artefacto cargado de árboles.
Las dos bestias llevaban el mismo ropaje y se comunicaban de un modo desconocido para él.
A pesar del terror que sentía, se acercó un poco más. Necesitaba verlos de cerca. Entonces, cuando estaba a pocos metros, apareció una tercera bestia que se dio de bruces con él. Sus miradas se cruzaron. El miedo en él empezó a desaparecer, en cambio la bestia pareció sorprendida y dio un paso atrás para coger un palo del suelo. Ninguno apartó la mirada durante los siguientes segundos, que parecieron eternos.
Protegiéndose con el palo, la bestia se acercó un poco y lanzó un extraño sonido:
–¿Boby? ¿Eres tú?  –Preguntó, esperando a que éste le contestara.
Entonces lo recordó todo. En un segundo el pelaje de su lomo se erizó, y aunque quisiera haberle mordido, su espesa cola actuando por su cuenta se metió entre sus fuertes patas traseras y ni siquiera pudo ladrarle mientras abandonaba el lugar.


Vicente Ortiz Guardado.

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