viernes, 14 de diciembre de 2012

Leila y el palacio de las muñecas de trapo.



Érase una vez, en una pequeña aldea rodeada de un frondoso bosque, en la que vivía una preciosa niña de ocho años llamada Leila.
Leila era la más pequeña de cinco hermanos. Sus padres, humildes agricultores y trabajadores infatigables con una pequeña y modesta casa como única propiedad, no podían dar a sus hijas todo lo que querían, ya que con lo poco que ganaban, apenas tenían para un plato en la mesa.


La mayor de ellas, de dieciocho años, iba a casarse en breve con el hijo del molinero, un apuesto joven enamorado de ella desde que eran niños.
Como sus padres no podían permitirse una boda lujosa, fueron a pedir audiencia ante el rey para ver si podía ayudarlos. De todos era sabido, que la familia Real ayudaba en lo que podía cuando alguien tenía una dificultad económica.
Normalmente, prestaban el dinero que luego tenía que ser devuelto a plazos. Algunas veces, si las familias no podían asegurar la devolución, entregaban durante un tiempo a alguno de sus componentes para trabajar en palacio. Rodeadas de lujo, se rumoreaba que las chicas jóvenes se encontraban tan a gusto en la corte, que muchas se negaban a volver a su vida anterior.  A los reyes, que siempre necesitaban mucho personal para atender el palacio, no les quedaba más remedio que aceptar sus decisiones y dejar que las jóvenes permanecieran en la corte hasta que quisieran irse.
Tras una larga espera por la cola de lugareños que también iban a pedir los favores del monarca, les llegó el turno al matrimonio que, ese día habían escogido sus mejores ropajes para la importante cita.
La pareja, algo nerviosa, expuso su problema y tras varias preguntas del rey, éste los despidió diciendo que un emisario los visitaría para darles su decisión.

Tres días después, cuando Leila y sus hermanas ayudaban a su madre a hacer la comida, un emisario Real se presentó con una carta. En ella decía que puesto que no disponían de dinero para asegurar la devolución del crédito, aceptaban a una de sus hijas para ayudar en la corte durante un año.
Leila, que siempre soñaba con ser una princesa, se ofreció voluntaria. Sus hermanas mayores respiraron aliviadas y sus padres aceptaron, total, un año pasaría pronto y en palacio no le faltaría de nada.
La boda, a la que asistieron familiares y amigos, se celebró por todo lo alto. Los novios, tras el baile abandonaron la celebración para irse a su nueva casa no sin antes despedirse de Leila.

Al día siguiente, dos personajes vestidos con alegres colores se presentaron en la casa de los campesinos para llevarse a la pequeña Leila. La niña se despidió de todos aguantando las lágrimas que, nada más salir de la casa, rodaron por sus mejillas.
La misma reina en persona la recibió a la entrada. Tras un vistazo a la chiquilla, sonrió.
—Leila, no tienes por qué estar triste, aquí estarás muy bien atendida y cuando pase un año podrás volver con tus padres si esa es tu decisión.
—Gracias, señora —dijo la niña.
—Ahora te acompañarán a tu habitación —continuó la reina―, espero que te guste.
Cuando Leila entró en su cuarto desaparecieron sus tristezas. Una bonita lámpara de diminutos cristales colgaba del techo, una enorme cama con sábanas de seda rosa descansaba en mitad de la estancia, un amplio repertorio de preciosos vestidos y zapatos llenaba el lujoso armario, una cómoda llena de joyas hacía de soporte para un gran espejo en forma de corazón, cortinas de gasas blancas y rosas colgaban desde el techo y un montón de muñecas de trapo la esperaban dentro de un baúl de madera abierto para poder jugar con ella.
Leila, que pensaba que sería la única niña que había en el palacio, se quedó fascinada cuando la llamaron para comer. Más de veinte niñas llenaban la enorme mesa donde cada día comería. A su lado, una niña pelirroja con la cara llena de pecas la saludó. Ella sonrió y acto seguido comenzó dar cuenta de la comida. Nunca en su vida había comido algo tan sabroso.
Tras la comida, la educadora llevó a todas las niñas a la habitación de juegos. Las pequeñas comenzaron a jugar con los abundantes juguetes mientras Leila no sabía qué hacer.
―Hola, me llamo Iris ―dijo alegremente la niña que había comido junto a ella.
―Hola, yo soy Leila ―contestó un poco avergonzada.
―No te preocupes por nada, aquí estarás muy bien. Yo llevo casi un año en palacio y no quiero pensar en el día en que tenga que abandonarlo. Mi familia es muy pobre y nunca podrá ofrecerme lo que hay aquí. Jamás volveré a usar estos bonitos vestidos ni a comer tan bien.
―Gracias, Iris.
―Al principio se hace un poco duro, pero luego verás que es lo mejor que nos podría pasar. Por la mañana vamos a clase, si hace buen tiempo, las clases son en los jardines. Luego comemos lo que nos apetezca, incluso si eres muy golosa puedes comer sólo pasteles, pero no te lo aconsejo porque yo me di un atracón y estuve dos días con dolores de tripa. Tras la comida venimos a esta habitación para jugar casi toda la tarde. Luego merendamos algo en el comedor y nos quedamos charlando un rato. Cuando escuches una campanilla, quiere decir que es la hora del baño, cada una tiene su propia bañera asignada y una persona encargada de bañarnos ―hizo una pausa—. Es lo que menos me gusta porque estamos todas desnudas en un gigantesco baño y a veces los reyes pasan a vernos.
—¿Ah si? —preguntó Leila contrariada.
—Sí, pero no te preocupes, sólo echan un vistazo y sin decir nada se van. Luego nos volvemos a poner otro vestido y bajamos a cenar. Tras la cena nos leen un cuento y luego nos vamos a nuestras habitaciones. Allí puedes jugar con las muñecas o hacer lo que quieras hasta que vuelve a sonar la campanilla que nos indica que es la hora de dormir.
—Como una princesa… pero, ¿podremos ver a nuestras familias?
—No, pero tranquila, no los echarás de menos.

Unos días más tarde, llegó un raro personaje a palacio. El escuálido anciano llevaba una larga túnica de color azul y unos zapatos también azules con la punta hacia arriba. Sus espesas barbas blancas apenas dejaban adivinar sus rasgos. Los reyes lo recibieron haciéndoles una inaudita reverencia. Se trataba del brujo de los tres valles. Un herético y oscuro hechicero al que casi nadie conocía.
Una vez reunidos el brujo habló:
—Mis sueños me dicen que la niña está muy cerca. Sólo acabando con ella, la profecía no se cumplirá.
—¿Qué sugieres que haga, oh gran mago? —preguntó el rey—. ¿No pretenderás que les corte el cuello a todas esas niñas?
—No será necesario. Para no levantar sospechas repetiremos la técnica de cada año bisiesto. Necesito tres almas puras ahora mismo. Enviadme a las que vayan a salir en breve. Si no es ninguna de ellas, mañana volveremos a repetirlo y seré yo quien las escoja.
—¿Y si mañana tampoco hay éxito? No podemos permitir que sospechen —habló esta vez la reina.
—No temas, mujer, el final está próximo.
La reina, sin contestarle, abandonó la estancia.
El brujo, sin pérdida de tiempo aprovechó para sacar sus hierbas mágicas de la bolsa de tela marrón que colgaba de su hombro. Se acercó al caldero que humeaba en la chimenea y las fue añadiendo una a una. Luego sacó un viejo libro y comenzó a recitar algo incomprensible. Después, dejó que el agua se evaporase y extrajo una muestra de la espesa cataplasma.
—Si la niña que dice la profecía está en el palacio, esta pasta en contacto con su piel cambiará de color. Entonces la mataremos y tu reino durará para siempre —aseguró el anciano mirando al monarca.
—¿Y si no cambia de color?
—Lo volveremos a repetir mañana con otras tres, pero confía en la vieja sabiduría que durante siglos ha servido a tus ancestros, además, la luna de esta noche es propicia —contestó el brujo levantando la voz—. La fecha que dice la profecía está cerca y esa niña podría acabar con vuestro reinado.
—Siempre me ha parecido exagerada la interpretación de esas escrituras, no entiendo cómo una mocosa podría hacer tal cosa.
—¡Si dudas de mí, estás condenado! ¡Testarudo cabezota!
—Lo siento mucho, oh gran mago de los tres valles, no pretendía ofenderos.
Al viejo no le dio tiempo a contestar porque en ese momento se abrió la puerta y apareció la reina con tres niñas.
—¡Que se desnuden! —ordenó.
La reina fue ayudándolas a despojarse de sus vestidos dejándolas sólo con unas finas camisolas. Mientras tanto, el mago siguió extrayendo la pasta del caldero. Luego se acercó a ellas y las examinó concienzudamente buscando manchas, lunares o marcas que le hicieran sospechar. Como la pelirroja tenía bastantes pecas y lunares por toda su blanca piel, se decidió a empezar por ella.
—Túmbate boca arriba en esa mesa y cierra los ojos —dijo firme.
Iris, obedeció asustada ante la mirada de las niñas semi desnudas que contemplaban la escena. Subió a la enorme mesa sin decir nada. Cuando estaba en la posición que el brujo quería, cerró los ojos. Al principio sintió algo caliente en su pecho, luego el calor fue más intenso. Le quemó, pero no se quejó.
Mientras el brujo esperaba a que la pasta cambiara o no de color,  indicó a las otras chicas que se pusieran junto a ella. Ya sabían qué tenían que hacer.
Sólo la última empezó a llorar cuando sitió el calor. El rey le ordenó que se callara o mandaría matar a su familia. Al oír aquellas palabras, la niña ahogó su tristeza y su dolor en el más absoluto de los silencios.
El brujo, se giró hacia los monarcas y negó con un gesto. Luego extrajo una de las botellas de cristal que guardaba en su bolso y la derramó por las cabezas de las jóvenes. Esperaron en silencio.
Minutos más tarde empezó la transformación. Las niñas se convirtieron en inocentes muñecas de trapo.

Leila, se despertó antes de lo habitual. Normalmente su madre tenía que llamarla varias veces cada mañana, pero esta vez era distinto. Aunque aún seguía asustada, decidió que tenía que aprovechar todo lo que le habían ofrecido. Se vistió y comenzó a jugar con las muñecas hasta la hora del desayuno. Reparó en una bonita muñeca de pelo rojo a la que no había visto el día anterior.  Luego una de las empleadas llamó a su puerta antes de entrar y le dijo que se vistiera rápido. Así lo hizo y cuando se disponía a volver a coger la muñeca sonó la campanilla que le indicaba que había que bajar a desayunar.
Por más que miró a su alrededor no localizó a Iris. Luego se fueron a clase y atenta a las explicaciones de la profesora se olvidó de ella. El día pasó muy rápido.

En la habitación donde se había llevado el ritual de la noche antes volvieron a reunirse los reyes y el brujo.
—Noto su presencia, majestad. Sed pacientes, pronto todo habrá acabado.
—Espero que así sea —dijo la reina—, no podemos permitirnos demorarlo más. Si hace falta, yo misma tiraré una a una a todas esas niñas bobas al pozo del jardín.
—No será necesario mi reina. Si no os parece mal, quisiera ser quien elija esta noche a las tres niñas.
—Tenéis el consentimiento —dijo el rey—, pero acabad con esto cuanto antes, os lo suplico.
Cuando llegó la hora del baño, todas las niñas fueron entrando en sus respectivas bañeras esperando a ser aseadas. Distraídas, no repararon en la presencia de los reyes y un extraño personaje que les acompañaba. Luego cenaron y se retiraron a sus habitaciones.
Leila, sacó del baúl la muñeca de pelo rojo que había visto por la mañana. Estaba jugando con ella encima de la cama cuando la hicieron llamar. La ocultó bajo su vestido.
Junto a otras dos niñas, la reina en persona las condujo por el largo pasadizo que terminaba en lo que parecía una mazmorra. Cuando entraron, el rey que estaba junto a un anciano, les ordenó que se quitaran la ropa.
De espalda a los reyes y al viejo que los acompañaba, se quitó el vestido dejándolo a sus pies.
Leila, vio como la reina cogía a una de las chicas y le obligaba a ponerse sobre la mesa, luego aquel raro personaje sacó algo de un caldero y mientras le decía que no abriera los ojos le puso aquella pasta sobre el pecho. La niña lanzó un leve grito del dolor que sintió, pero no abrió los ojos ni pronunció palabra. La segunda lloró desconsolada un buen rato pero tampoco dijo nada. El mago sacudió la cabeza y roció un líquido sobre las dos chicas.
—¿A qué esperas tú? —le espetó la reina con gesto de rabia.
Leila hizo lo propio y aunque sitió un fuerte calor permaneció tranquila. La pasta verduzca que se enfriaba en su pecho comenzó a adquirir un color mostaza. Entonces algo en su interior la obligó a abrir los ojos.
Lo primero que vio fue la cara del viejo que con un cuchillo se acercaba a ella. El brujo, al notar como se le clavaban aquellos ojos sintió miedo, quizás por primera vez en su vida. Retrocedió.
 Cuando las dos niñas comenzaron la metamorfosis a las que la maldición les había condenado, Leila se incorporó asustada sin creerse lo que estaba viendo.
—¡Terminad el trabajo, maldito loco! —le gritó el rey—. ¿O es que os da miedo una niña?
Leila se bajó de la mesa tan aterrada que necesitó abrazarse a algo. Cogió su vestido para cubrirse y entonces la muñeca que se ocultaba entre las telas, cayó al suelo. La recogió y la apretó fuerte contra su pequeño cuerpo.
Los reyes y el brujo quedaron paralizados al ver como la muñeca al contacto con la pasta empezaba a moverse. Leila, al darse cuenta volvió a ponerla en el suelo y se vistió con rapidez. Mientras el brujo la miraba sin saber qué hacer, dejó caer el cuchillo. La reina fue a cogerlo con tanta prisa que tropezó al pisarse su propio vestido. Tendida en el suelo, el rey fue en su auxilio. Cuando la abrazaba, levantaron la mirada.
Leila había cogido el caldero y estaba a punto de derramar el contenido sobre ellos. Paralizados, vieron como la niña también les echaba el líquido de la botella. Antes de transformarse en muñecos para siempre, pudieron ver como el brujo se bebía el contenido de otra de sus botellas.
Leila, con las manos quemadas por el caldero, aún pudo ayudar a Iris a levantarse del suelo, luego arrojó los muñecos de los reyes a la chimenea. El brujo, entre un ligero humo azulado empezó a deshacerse como un azucarillo en el café. En pocos segundos, de él sólo quedó su estrafalaria ropa.
Mientras, el resto de las muñecas que había en cada habitación comenzó a transformarse en las niñas que un día fueron y que en algunos casos llevaban años encerradas en una forma de trapo. Leila acompañó a Iris a su habitación para vestirse. Por el camino se cruzaron con decenas de niñas asustadas que no entendían nada.
Leila entró en su habitación para coger todas las joyas que pudo y abandonó aquel palacio sin mirar atrás.
Cuando llegó a casa contó todo lo ocurrido. Sus padres le prometieron no dejarla sola nunca más, habían aprendido bien la lección y juraron que nunca más intentarían aparentar lo que no eran.

Con las joyas pudieron vivir más desahogados y fueron felices para siempre.

Vicente Ortiz Guardado.

 Mi primer cuento infantil. Escrito el 14/12/12

2 comentarios:

  1. Qué cuento tan intenso, la 1ª parte parece un mundo de felicidad y casi de que la niña se va a convertir en Cenicienta, para después dar un giro hacia una parte oscura y dramática.
    Me ha gustado la originalidad de la conversión de las niñas en muñecas de trapo. Justo hace unos días, hablaba con una chica que se dedica a hacer "fofuchas", unas muñecas artesanales en moda muy particulares, aunque no creo que sea eso lo que te haya inspirado.

    Y después de acabar con la parte terrorífica del brujo y los reyes, la niña y los padres sacan una buena moraleja, que bien podría aplicarse a los tiempos actuales, o a la gente que vive por y para aparentar. Felicidades porque tienes una gran inventiva :)

    Abrazos

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  2. Muchas gracias!! Me llama la atención tu detallado análisis y me alegra mucho saber que te ha gustado.

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