viernes, 11 de enero de 2013

Allanamiento, fetichismo y psicopatía.

        Las medidas de seguridad de la vivienda eran penosas. Una vez dentro, se puso unos finos guantes, y con la más absoluta profesionalidad empezó a registrar todos los cajones sin desordenar las cosas, ella no debería saber nunca que había estado en su casa. Con suerte, cuando echara en falta los documentos, ya habrían pasado unos días, tal vez unos meses. No encontró nada. Siguió por las estanterías del pasillo y del comedor. Nada. Tampoco en las habitaciones. Pensó que tendría una caja fuerte, pero tampoco encontró nada tras los cuadros y muebles. Finalmente abrió cada mueble de la cocina. Cuando ya estaba a punto de rendirse vio que bajo un paquete de galletas asomaba un sobre marrón como el que vio días atrás. Consultó la hora, aún tenía un buen rato hasta que Eloísa volviera.
Lo abrió y una sonrisa maligna apareció en su rostro. Sacó el teléfono del bolsillo y llamó al jefe.
          -Dame buenas noticias y dime que no has tenido que matar a nadie –Dijo Juan José.
          -No jefe, no he tenido que matar a nadie. Ha sido muy complicado entrar, pero gracias a mi habilidad al final lo he conseguido –Mintió–. Acabo de encontrar el famoso sobre, lo tengo en mis manos. Son una serie de documentos en los que usted aparece. No se muy bien de qué va, pero ya están en nuestro poder.
          -Buen trabajo Alfonso, te lo agradeceré cuando llegues con un dinerito extra. Ahora sal de ahí cagando leches y que no te vea nadie.
          -Ok jefe, a sus órdenes.
          -Esos dos idiotas ya no nos darán más problemas. Ahora llamo a Patricia y le digo que se encargue de pagar tus gastos, espero que esta vez no hayas roto nada en el hotel.
          -Me he portado muy bien, palabra jefe –Contestó Alfonso, pero Juan José ya había colgado el teléfono.
          Alfonso, que aún tenía un rato de tranquilidad fue a la habitación de Eloísa, se quitó los zapatos para tumbarse en su cama bocarriba sin manchar la colcha. Se la imaginó encima mientras miraba a su alrededor y pasaba las manos suavemente sobre el colchón. No pudo excitarse y violentamente se levantó tremendamente frustrado. Buscó los zapatos, se sentó en el borde de la cama para calzarse, luego alisó la colcha. Volvió a abrir los cajones. Como ya los conocía, esta vez se centró sólo en los dos superiores de la cómoda, que era dónde Eloísa guardaba la ropa interior. Sacó un sujetador negro semitransparente y se lo guardó en el bolsillo, luego miró con la delicadeza que estaban colocadas las braguitas y cogió un tanga blanco. Se quedó contemplándolo y lo olió. También se lo guardó en el bolsillo. Cuando estaba a punto de cerrar el cajón, cogió otro sujetador, esta vez uno blanco, que se puso encima de la ropa, se lo abrochó con asombrosa facilidad y se miró en el espejo acariciando la zona hundida donde deberían estar los pezones cuando su dueña lo llevaba. Se lo quitó y lo puso con cuidado donde estaba, se preguntó si le quedaría mejor a Eloísa o a la zorra estrecha de Patricia. Seguramente a Patricia, pero no le habría importado esperar a que Eloísa llegara, desde luego le habría enseñado lo que es un hombre de verdad, ella posiblemente habría disfrutado como nunca y él habría actuado con violencia para saciarla, porque seguramente estaba muy necesitada. Él, le habría dado tanto placer como dolor. Más del que ella imaginara y aguantara, pero si no estaba a su altura o gritaba, tendría que matarla y entonces todo se complicaría.
Finalmente el hombre salió sin dejar rastro de su visita, a excepción de sus trofeos y del sobre con el dosier. Con un poco de suerte Eloísa no se enteraría de la desaparición del sobre hasta pasado un tiempo, y la ropa interior posiblemente no la echara en falta, ya que tenía una buena colección.

Vicente Ortiz Guardado
Extraído de "el toro del futuro".

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