viernes, 11 de enero de 2013

Odio, egoísmo y furia.


El taxi paró a las afueras del pequeño pueblo. Agustín y Sandra bajaron aliviados. Poner los pies en casa les daba tranquilidad, atrás quedaba Coria para siempre, mientras pudieran no irían jamás a esa ciudad de tan malos recuerdos para ambos.
 La chica empezó a caminar en dirección a su casa, mientras, su hermano se hacía cargo de pagar la carrera para luego seguirla. Sandra se paró pensativa al principio de su calle. Aunque la fila de pequeñas edificaciones hacía una ligera curvatura, al fondo se veía destacada la casa de sus padres.





Cuando su hermano llegó, repasaron el plan por última vez mientras caminaban para hablar con su padre. Ella sacó las llaves y abrió la puerta, entró. Su hermano pasó tras ella quitándose el sombrero, se puso una gorra que usaba con frecuencia y fueron a buscar al padre, que sentado en un enorme butacón esperaba impaciente.
-Hemos hablado con el brujo. –Dijo Agustín un poco asustado.
-¡No es ningún brujo, joder! Es una persona muy especial con poderes paranormales. –Contestó molesto el padre levantando la voz.
-Lo que usted diga padre. –Dijo Sandra mientras se daba la vuelta y se marchaba a su cuarto.
Jacinto se quedó helado cuando vio que su hija volvía a hablar. Además le había mirado a la cara. Desde luego Don José había hecho un excelente trabajo con ella. Pronto volverá a ser esa chiquilla alegre que no para de hablar y reír, pensó.
-¿Te das cuenta Agustín? Tu hermana parece otra. Gracias por acompañarla, yo no me veía con fuerzas, cada día estoy peor de los huesos y no quería sufrir por esas malditas carreteras.
-No se preocupe padre, por usted y por Sandra haré siempre lo que sea.
-Cuéntame, y no te dejes detalles.
Agustín carraspeó para aclararse la garganta, tenía muy bien ensayado el guión, necesitaba que sonara claro y sobre todo creíble. Habló.
-Bien, le cuento todo padre. Ayer no pudo atendernos, por eso le llamé para decirle que nos quedaríamos a pasar la noche en Coria. Esta mañana, como usted me dijo, volvimos a su casa. El brujo nos llamó cuando llevábamos un rato en la sala de espera. Rápidamente reconoció a Sandra, yo me presenté como su hermano.
-¿Te preguntó por mí? –Le interrumpió el padre, como si eso fuera lo que más le importaba.
-Si padre, preguntó por usted. Pero después de tratar a Sandra.
-¡Cuéntame! ¡Pareces bobo!
-Nos dijo que Sandra estaba perfectamente, ella no quiere contarme que pasó, porque estaban a solas cuando la trató. Yo no pude ver nada.
-Como la otra vez.
-Pero salió sonriente.
-¿Sonriente? Al final será una puta viciosa como su madre.
Agustín no entendió que quería decir, pero no le sentó nada bien que insultara a su madre. Jacinto le hizo un gesto con la mano animándole a que siguiera hablando, él continuó.
-Luego me llamó a mí y dijo que yo también estaba bien, pero sobre usted…
¡Habla joder! ¿Qué dijo sobre mí?
-Si padre. Dijo que usted estaba gravemente enfermo. Dijo que alguien con poderes superiores a él, le había hecho vudú.
-¡Sigue! -Gritó sudoroso aquel aprensivo ricachón.
-Lo siento padre.
-¡Como no hables claro voy a coger un palo y te voy a moler!
-No padre, no haga usted esfuerzos. –Dijo el hijo al borde de la lágrima.
El padre empalideció. Empezó a notar sudores fríos, sacó un pañuelo para secarse la sudorosa frente, se quitó las gafas y se frotó los ojos.
-¡Dios mío, que he hecho yo para merecer este castigo y tener un hijo tan subnormal! –Volvió a gritar al chico mientras se levantaba de la silla.
Agustín pensó que iba a pegarle, y se apartó de su trayectoria. El padre fue a por un vaso de agua. Cuando volvió hacia donde estaba su hijo, tropezó víctima del nerviosismo y calló al suelo. Lazó un grito de dolor mientras se tocaba el tobillo desde el suelo. El vaso se hizo mil pedazos, derramando el contenido por el suelo. Su hijo lo ayudó a levantarse.
-Padre siéntese y no se mueva por favor. Sus huesos no aguantarán más.
-Sigue contándome que ha dicho Don José. –Dijo volviendo a tocarse el maltrecho tobillo.
Jacinto no dejaba de sudar y su tobillo empezaba a inflamarse. Notó un ligero mareo, pero no dijo nada, solo quería que Agustín siguiera hablando. Su hijo siguió el relato fingiendo lástima por él.
-Me ha dicho que sobre usted ha caído una terrible maldición que le acompañará para el resto de sus días.
-No puede ser. –Dijo mientras se miraba de nuevo el tobillo.
-Si padre, si puede ser. Me dijo que usted había hecho daño a algunas personas, no me dijo a quién. También que le habían hecho magia negra. Sus huesos empiezan a deshacerse padre.
-¿Mis huesos?
-Si padre. Dijo que en pocos meses sus huesos pasarían a convertirse en serrín. Su esqueleto se descompone poco a poco padre. Pronto tendrá que estar tumbado sin moverse porque no aguantará en pie. Estará postrado en su cama hasta que el Señor se lo lleve.
-¡Calla, no blasfemes!
Jacinto se levantó furioso. Al apoyar el pié, notó un fuerte pinchazo en el tobillo que le hizo flaquear. Los huesos pronto no aguantarían su peso. Salió de casa cojeando sin decir nada en dirección a la iglesia, donde el Padre Matías confesaba a una anciana. Cuando la enlutada anciana se retiró para irse a rezar de rodillas haciendo penitencia por sus pecados, el hombre se acercó al confesionario.
-Padre he pecado.
-Dime hijo, que has hecho.
-He sido un hombre malo y el Señor me ha castigado.
-El Señor perdona, si te muestras arrepentido ante Él.
-No padre, ya es tarde. Me está castigando poco a poco hasta que acabe totalmente  conmigo.
-No será tan grave, cuéntame que ha pasado.
-Padre he robado durante años, he explotado a mis trabajadores, he maltratado a mi mujer y a mis hijos, eché de casa a mi esposa por una cegada obsesión, vendí mi alma al diablo entregando la virginidad de mi pequeña Sandra a un hombre solo por mi enfermizo beneficio.
-¡No menciones en la casa de Dios al Innombrable!
-Padre, el demonio me acogerá pronto en su seno.
-Hijo, no digas sandeces. El Señor te perdonará por todo. Los hombres somos débiles pero si estás arrepentido Él te perdonará.
-No padre, ya he hecho mucho mal.
Jacinto se levantó y dio media vuelta. El Padre Matías salió del confesionario y le agarró por un brazo. Sus miradas se encontraron. Violentamente se zafó del sacerdote y salió de la iglesia. El cura se santiguó al ver como desaparecía. Su cojera aumentaba por momentos al entrar en casa. Buscó a su hijo. Cuando lo tuvo ante sí, le dio un bofetón en la cara, Agustín, sin quejarse, siguió a su padre que iba a sentarse de nuevo en el butacón.
-¿Hay algo más que no me hayas contado? –Preguntó sin mirarle a la cara.
-Solo una cosa padre. Me dijo que su vida estaba en el final y que solo si se balanceaba evitaría la agonía que aún tiene por delante.
-¿Si me balanceaba? No entiendo que quiere decir con eso. ¡Acaso cree que soy un niño en un columpio!
-No se altere padre. Yo tampoco entendí que quería decir.
-Dile a Sandra que venga.
Agustín entró en el cuarto de su hermana para contarle que todo marchaba como esperaban. La chica bajó las escaleras y vio como su padre mostraba un aspecto lamentable. Se acercó para besarle y compadecerse de su suerte. El padre respondió con una fuerte bofetada que ella no esperaba, ese día no. Desgraciadamente ya estaba acostumbrada. Sandra empezó a llorar de rabia y decepción, en el fondo no sintió dolor físico alguno.
-¡Eres tan puta como tu madre! –Gritó a la chiquilla que bloqueada no supo que hacer. –Tú me has condenado, ¿Qué pasó aquel día?
-Padre, ya lo sabe, me hizo una limpieza de alma, como a usted. Me tumbó en una camilla y me roció de un líquido sagrado mientras con una rama de olivo iba diciendo cosas que no entendí. Luego puso su mano en mi cabeza durante un rato.
-Si solo pasó eso, ¿Por qué saliste llorando y has estado todo este tiempo callada? Desde la calle escuché tus gritos y gemidos. ¡Me estás mintiendo! ¿Acaso no te portaste bien con Don José? ¡Por tu culpa ahora me estoy muriendo!
-Grité porque el líquido estaba muy frío, ya sabe lo friolera que soy padre. –Dijo Sandra aún más decepcionada descubriendo que su padre sabía que el brujo la había violado.



Vicente Ortiz Guardado
Extraído de "el toro del futuro".

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