jueves, 5 de marzo de 2015

Cuaderno de bitácora.

23-05-1929 en algún lugar del Antártico.
Día ochenta y siete. Unas horas antes del amanecer.
Todo sigue en calma, el barco no se mueve, nada funciona y excepto por un suceso que detallaré, podría volver a escribir lo mismo que llevo escribiendo en mi cuaderno de bitácora desde hace varias semanas.
Si bien es cierto que lo sospechaba, ayer, justo antes del anochecer, pude ver con mis propios ojos tierra firme no muy lejos de donde mi barco sigue varado. La espesa niebla que me acompaña desde que desapareció toda la tripulación, se esfumó de forma extraña durante unos minutos. Salí a cubierta y frente a mí se abrió un pasillo que dejaba ver el hielo que me rodea. Al fondo, pude divisar claramente algo similar a una formación rocosa cubierta de hielo, puede que se trate de una isla. Minutos después la niebla volvió a cubrirlo todo.
He pasado casi toda la noche pensando qué hacer, pero desde que me encuentro sola, el miedo a lo desconocido me tiene paralizada. Aún me queda comida para un par de semanas, pero tengo que hacer algo antes de volverme loca. Estaré atenta, y si el fenómeno se repite, haré una rápida exploración.
Doctora Fhatim John.
Volvió a la cama, apagó la vela y pudo quedarse dormida.

En cuanto la niebla empezó a desaparecer por segundo día consecutivo, Fhatim amarró la fina, pero pesada cuerda y bajó del barco por primera vez desde que habían partido de la Patagonia casi tres meses atrás. La belleza y a la vez la miseria de aquel lugar, la impresionó aún más desde abajo. Después de diez minutos caminando se quedó sin cuerda, pero como la isla ya estaba muy cerca, decidió tenderla sobre el suelo haciendo una especie de círculo que le sería más fácil localizar para el regreso.
Cuánto echaba de menos la brújula que Robert, su padre, le había regalado el día que partieron. Por desgracia, desde que misteriosamente una noche desapareció toda la tripulación sin dejar rastro, todos los aparatos, incluidos los del barco, habían dejado de funcionar. En un arrebato de furia había lanzado su brújula al vacío después de llevar varios días sin que la aguja se moviera.
Cuando estaba a poco menos de trescientos metros del primer montículo helado, una ligera niebla empezó a bañar lo que unos instantes antes había sido claridad. Miró atrás, aún veía la cuerda, pero debería caminar en línea recta para volver a encontrarla. Siguió caminando y pronto comenzó la ascensión. Respiró fatigada. Diez o doce metros después, ante ella se extendía una llanura solamente rota por algún ligero desnivel. Se adentró unos metros más, pero era inútil continuar, la niebla ya lo inundaba casi todo. Decidió dar media vuelta, porque además, pronto anochecería.
Con mucho cuidado, comenzó a caminar sin saber dónde pisaba. Era como ir con los ojos cerrados. Al empezar el descenso supo que le quedaban un par de minutos hasta llegar a la cuerda, puede que tres, ya que iba más despacio que cuando llegó. Era consciente de que si se desviaba, prácticamente sería imposible llegar al refugio que le proporcionaba el barco. Al raso no aguantaría una noche.
Empezó a sentir pánico cuando creyó ver que algo pasaba ante ella. Apartó inmediatamente la sugestión de su cabeza cuando pisó lo que buscaba. Se agachó y pudo suspirar aliviada al comprobar que era la cuerda. Caminó desconfiada mientras se la iba enrollando sobre uno de sus hombros y entonces sucedió algo que no esperaba; alguien o algo, tiró fuertemente de la cuerda haciendo que cayera al suelo y fuera arrastrada un par de metros. Se liberó mientras se levantaba aturdida y con un fuerte dolor en la clavícula. Fuera lo que fuera, tenía que seguir adelante, tal vez el barco se había movido, o un animal había chocado con la cuerda. Más que la propia soledad en la que estaba atrapada, le aterraba pensar que podría tener compañía. Dejó la cuerda en el suelo y empezó a utilizarla como guía deslizándola entre sus manos.

A pocos metros del final, la niebla empezó a desaparecer y aunque ya estaba cayendo la noche, pudo ver que el hielo que rodeaba al barco se derretía misteriosamente haciendo que éste se moviera ligeramente ante sus ojos. Luego, el deshielo se frenó tan repentinamente como había comenzado. Paró en el blanco borde helado. Le separaban unos cinco metros de agua hasta poder alcanzar la escalera para subir al barco, pero no se lo pensó, no había tiempo. Respiró profundamente y se lanzó al agua. Subió tan rápido que ni siquiera sitió dolor en su maltrecho hombro. Luego se desnudó, y temblando violentamente de frío y miedo, se metió bajo varias mantas esperando un milagro. Entre escalofríos sitió que no podía mover las manos ni los pies. Sus labios se habían puesto azules. Luego llegó el letargo y dejó de temblar. Cerró los ojos.
Tiempo después oyó voces:
―¡Es imposible que haya sido ella! ¡Lleva tres días delirando por la fiebre, pero no se ha movido de su cama! gritaba el médico de la expedición.
Agarrotada y un poco desorientada, se levantó de la cama frotándose los ojos. Salió de su camarote, ni siquiera reparó en que estaba vestida y que el dolor del hombro había desaparecido. Cuando llegó al comedor, toda la tripulación sonrió al verla.
 Entonces no me explico quién ha escrito esta locuracontestó el capitán que, sujetando el cuaderno de bitácora, miraba sorprendido a la chica que se aproximaba.


Vicente Ortiz Guardado
Dedicado a Fátima Juan.
Derechos de autor: Relato registrado en Safe Creative. Código de registro 1803056010738

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